JUGANDO AL ESCONDITE

JUGANDO AL ESCONDITE

 

 

El mismo nieto que ayer me anunciaba su llegada, hoy me dice que no se explica mi obsesión por la muerte, que ve muy lejana. No tengo más remedio que disculparle porque no puede entenderse la juventud sin ilusión. Pero tampoco una vejez que se desentienda de su final. Si esta es “La bitácora de los ochenta” (se trata, por supuesto, de años de vida, no de tertulia amistosa) no es por casualidad, sino porque he de vivir mis últimos años jugando al escondite con la Muerte: “Te pillo…no te pillo…¡No vale esconderse en los recuerdos!...Ya te encontraré. No tienes escapatoria”.

 

Es cierto. Aunque tengas una salud aceptable, llega la hora de pensar con insistencia en ese fin que a todos nos espera. ¡Qué mayor desgracia que saberse moral cuando la mente no deja de espolear el sentimiento más profunda del ser humano: el deseo de vivir para siempre, de ser inmortal, como los dioses. (¡Qué ilusión más absurda! ¡Como si los dioses, ese invento del hombre, pudiesen existir eternamente! ¿No comprenderemos nunca que no hay más eternidad que la de los átomos que me componen, porque forman parte de un universo eterno?).

 

No lo podemos remediar. Estamos convencidos de nuestra existencia es “real” y de que podremos vivir enlazados en un amor eterno con los seres que amamos en esta corta vida. Lo contrario ¡nos parece tan cruel, tan sin sentido, tan indigno! Pero, pasadas ya las  ocho decenas de mi vida –un sueño fugaz- comprendo que todo lo aprendido es una falacia, un engaño –quizás bienintencionado- que pretende deslumbrarme con una esperanza de algo que nunca llegará. Conmigo todo se ha de acabar –para mí- y la nada será mi destino. ¡Qué crueldad, si hubiese algún responsable!

 

He recogido mis sentimientos en un soneto dedicado a la Muerte –a mi Muerte- que ha de llegar sin tardanza, aunque desgarre el corazón de los que bien me quieren. Aquí lo reproduzco, dedicado a mi primer nieto Gonzalo, para que lo relea cuando cumpla los ochenta años.

                                                                                          

 

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MUERTE

 

Cuando del sueño del vivir despierte

no existirán los lirios ni las rosas,

ni existirán los versos ni las prosas,

salvo la vida de mi propia muerte.

 

El tiempo correrá la misma suerte

y el mundo, con sus horas engañosas.

Si algunas resultaron tan hermosas,

son ya recuerdos de un pasado inerte.

 

Si el sueño ha de acabar cuando yo muera,

he de llorar por la ocasión perdida

de haber soñado sin vivir la vida.

 

Si todo se reduce a una quimera,

una ilusión de ser, será la nada

el fin de mi existencia imaginada.

 

Escribo en una tarde plomiza, con las nubes rotas dejando pasar la luz del sol de trecho en trecho, como en una celosía. Van alternando las luces con las sombras, el día con la noche, como en la vida misma. Es el Astro Rey jugando al escondite con la Dama Negra. Levanto los ojos al cielo azul y exclamo con lágrimas en los ojos, sabiendo que es una súplica  sin respuesta: ¡Que el juego nunca se acabe!

 

Francisco Aguilar Piñal

 

 

 

 

¿EXISTE ALGÚN DIOS?

 

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Mi amigo Ignacio Darnaude me formula esta pregunta, nada original por supuesto, a la que siguen otras dependientes de ella, que me obligan a reflexionar de nuevo para poner en orden mis ideas, removiendo los rescoldos de mi libro sobre La quimera de los dioses (Vision Libros, 2010). Mi respuesta ha de ser rápida y contundente: IMPOSIBLE.

 

Al menos en el sentido que se le da normalmente a la palabra: Ser infinito, distinto del universo, omnipotente y buenísimo, su creador y mantenedor, junto al cual sus criaturas humanas, si han sido buenas durante un período breve, vivirán eternamente disfrutando de un placer imperecedero.

 

¿Alguien puede creer, sensatamente, en este cuento infantil?  A un problema teológico se le da una solución moral, siendo ésta una creación humana, como es bien sabido, para organizar la convivencia social. 

 

* * *

 

Pero he de razonar esta respuesta, dentro de mis posibilidades.

 

Querido Ignacio: Antes de seguir, deberé sondear lo esencial de tu pensamiento que, al parecer, ha llegado a la suprema escala de la sabiduría, después de haber pisado los escalones de la opinión provisional, el conocimiento y la intuición iluminadora. Siendo así, no puedo medirme con tu firmísima convicción, tan duramente conquistada, que no puedes demostrar, por el  factor de elusividad.

 

Ni tampoco lo pretendo. También yo tengo una firmísima convicción de que no es posible conceder existencia a ese SER ÚNICO, ABSOLUTO, GRAN FIGURA, AUTORIDAD MÁXIMA, nombres que aplicas también a DIOS o el PADRE. No deseo discutir contigo ni hacer proselitismo de mis convicciones. No soy apóstol de nada ni de nadie. No tengo relación con UMMO ni sé leer la hora exacta del ROLEX CÓSMICO, palabras con las que te sientes tan a gusto.

 

Mis convicciones provienen exclusivamente de la RAZÓN, que me identifica como SER HUMANO y que bebe en los libros científicos las conclusiones de la CIENCIA empírica, desconfiando de las fabulosas fantasías nacidas del enorme poder de la imaginación, capaz de desbancar y humillar a su vecina y eterna rival, la RAZÓN. Recuerdo que en la segunda parte de mi libro La quimera de los dioses  trato, precisamente, del “poder de la imaginación”. Te copio unas frases de la página 147 en las que expreso claramente lo que te quiero decir: “Ninguna de estas facultades tuvo mayor trascendencia en la vida ‘espiritual’ de los homínidos que la imaginación (esa “loca de la casa” denunciada por Santa Teresa), sublimada por la fantasía, base del pensamiento poético, es decir, creador. Mediante su imaginación, el ser humano, que piensa con imágenes, a veces huye de la lógica y crea seres virtuales, leyendas, mitos y monstruos de cuya existencia no dudará hasta que venga a imponer su criterio la razón, mientras siga despierta y atenta a la realidad”. Ya lo dijo Goya en uno de sus Caprichos: “La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles”.

 

Todos los conceptos abstractos, como ‘misterio’, ‘trascendencia’, ‘espíritus’, ‘fantasmas’ ‘dioses’ (sean primarios, secundarios o terciarios, como tú dices) carecen de vida fuera de nuestro cerebro. La tierra de la que se alimentan estos conceptos es la fantasía. Pero esta cualidad, tan humana, es, al mismo tiempo, la causa de nuestros ‘autoengaños’ inseparables de la condición humana, tan ignorante, débil y crédula. El autoengaño, a fin de cuentas, es nuestra ‘autodefensa’ ante lo desconocido.

 

Cuando afirmas que “El Cosmos es un ensamblaje gloriosamente descentralizado y a la vez draconianamente centralizado en el Ser Único” estás hablando en un lenguaje excesivamente humano, contagiado de una visión social imposible de aceptar por el Dios único, inmaterial y omnipotente. Quizá sea una ‘visión mística’ cercana al Apocalipsis, deudora de sueños irreales por imposibles. No es mi caso.

 

Hasta ahora no he hecho más que enfrentar opinión con opinión. Pero habría que buscar alguna argumentación que pudiera satisfacer a una mente regularmente sensata. La pista me la has dado tú mismo, cuando escribes que “Decenas de miles de libros han sido dictados desde otras esferas a visionarios, sensitivos y contactados”. Huyes del adjetivo “revelado”, pero lo sustituyes por “dictado” que es algo similar, pero inconsistente. ¿Cómo es posible que un Ser Único “dicte” algo a un cerebro humano? ¿En qué idioma? ¿Por telepatía? ¿Por qué no a todos, y en todas las épocas? ¿Será creíble una persona “visionaria”? Con frecuencia olvidamos que todas las supuestas “revelaciones” son ensoñaciones, generalmente nocturnas. Mi experiencia de los sueños me confirma que soñamos según nuestras experiencias sensibles de la vigilia, y así lo dicen los psicólogos. ¿Cómo es posible ‘soñar’ o ‘tener visiones’ de algo que no ha pasado antes por los sentidos? Los psicólogos afirman que las ‘visiones’ son relaciones neuronales caprichosas, sin realidad externa. Es decir, ‘puras imaginaciones’. El dios hebreo anunciado y predicado por los ‘visionarios’ bíblicos está ‘inventado’ por ellos a semejanza del hombre, no al revés.

 

Por último, al decir que “llevamos milenios beneficiándonos de la revelación de escrituras sagradas como la BIBLIA” te delatas a ti mismo como un cerebro débil, incapaz de encontrar en ese “horror” de textos malditos, inventados por humanos ‘visionarios’, que tanto daño han hecho a la Humanidad, la verdadera “palabra de Dios”. Que no es, por cierto, la que se lee en la liturgia cristiana, siempre escogida entre las más amables, sino otras palabras nunca repetidas, porque avergüenzan a los propios eclesiásticos. Palabras de maldad, de sangre, de crímenes sin cuento que manchan esas páginas tan veneradas por millones de personas a lo largo de los siglos. Palabras de órdenes inhumanas, que ni el más déspota sería capaz de  dar a ninguno de sus ‘hijos’ (”matad a todos los primogénitos”, por ejemplo).

 

Nunca lo he comprendido. ¿Cómo es posible que esos libros “canónicos” hayan embaucado a tantas generaciones de buenas personas, sean judíos, cristianos o musulmanes?  ¿Es sensato aceptar a Yahvé, ese dios rencoroso, codicioso, cruel y vengativo que aparece en la Biblia, como el Omnipotente y Bondadoso Creador?  Aunque se pudiera aceptar a un SER SUPREMO ESPIRITUAL, como creador y Padre amoroso de lo creado, éste desde luego no podría ser el Dios de la Biblia judía, por mucha ‘comprensión’  que tuviera el creyente. Es preciso estar obcecado, fanatizado con un lavado de cerebro multirracial, que convierte al hombre de fe en un autómata, esclavizado, sin racionalidad, es decir, no ‘humano’.

 

Muchas veces me han rebatido estas ideas recordando que los mayores sabios de la antigüedad han creído en Dios. Siempre sale a relucir Newton (que, según se ha descubierto, es el “último mago” más que un científico racional). Pero se olvidan de otros muchos filósofos y científicos ateos, desde Lucrecio hasta Richard Dawkins, pasando por Spinoza, Holbach, D’Alembert y todos los enciclopedistas, cuyo nombres se pueden encontrar en el Diccionario de ateos. El filósofo francés Michel Onfray dijo públicamente que “Dios es una ficción del hombre, como papá Noel o el Quijote, creada para conjurar la angustia de la muerte” y Margherita Hack “Dios es un invento para explicar todo aquello que la ciencia no puede explicar”. En España, una científica como María Blasco, afirma: “Entre una aspirina y Dios me quedo con una aspirina” y el antropólogo de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, es contrario a un diseño inteligente:”El creacionismo es un error”. No estoy solo. Pero tampoco me siento cómodo al lado de ciertos activistas ateos como Dawkins o místicos ateos como Comte-Sponville.  

 

Según una reciente encuesta de la revista “Nature” un 45% de los científicos actuales se define como ateo.  Pero ni “antiguos” ni “modernos” filósofos o incluso científicos creyentes alimentan mi no-creencia si  se valen solamente de puras opiniones personales. A todos los admiro, pero también los disculpo porque no tuvieron acceso a las últimas investigaciones, que abren los ojos a la verdad y no dejan ya resquicio para las ‘invenciones’ religiosas.  Por muy inteligente que sea un ser humano, su creencia no puede tener disculpa si ha estado al corriente de las investigaciones sobre la física cuántica. Este es el argumento definitivo, que no está precisamente al alcance de cualquiera, porque no es fácil de comprender tanta distorsión de la física tradicional, pero que descubre el comportamiento de la materia a una escala infinitamente pequeña. Cada día se va conociendo mejor el mundo del que formamos parte, y del que el cerebro humano es el peor conocido. Esperemos que en este año de la Neurociencia se llegue a conocerlo mejor, sobre todo su capacidad para “imaginar” unos dioses que cree necesarios.

 

Yo no soy científico ni especialista en nada, pero veo con claridad que ni el Yahvéh de los judíos, ni el Alá de los musulmanes ni el Dios de los cristianos es un verdadero Dios. Esto no quiere decir que sepa dónde está la verdad. Soy consciente de que existen conviviendo conmigo multitud de fenómenos paranormales que no entiendo, como tampoco la magia, la ufología, las llamadas ‘ciencias ocultas’, el comportamiento monstruoso de la naturaleza. Pero, aunque todo ello me impela a creer en un ser supremo responsable de todo, me niego a creer que ese dios sea el dios bíblico, tan malvado y de culto tan extendido, por lo que ya  he  expuesto. ¿Será un dios “distinto”?

 

Tal vez podría existir un dios totalmente espiritual, invisible, no imaginado, capaz de crear algo miserable (aunque bello) como la naturaleza, y con ella la humanidad. Un ESPÍRITU ETERNO. Aun en este caso, la razón lo rechazaría. Primero, porque aunque lo “eterno” sea un concepto incomprensible para un humano, de hecho  impide separar “creado” y “creador”. Si un Ser es eterno, no puede crear nada fuera de sí, ya que no hay nada “fuera”. Habría que identificar al Creador con lo creado, fuese lo que fuese, incluso la maldad y el dolor. No parece que sea así.

 

Tampoco  podría ser “espíritu”, porque los espíritus no pueden existir más que en la fantasía de un cerebro. No puede existir ningún Dios-Espíritu (ni, por supuesto, ángeles o almas). No menciono a unos posibles extraterrestres porque, de existir, no serían espíritus sino materia.  Esto supone que los duendes, fantasmas, almas de difuntos o similares tampoco pueden existir, sólo ser imaginados. Sé que muchas personas me pueden contradecir, afirmando que han sido testigos de muchos casos de esta índole, pero todos tienen (o tendrán) una explicación razonable, sin necesidad de acudir al misterio de los espíritus. Otra cosa son las visiones de OVNIS, que son tan materiales como sus posibles ocupantes.

 

Si me pones sobre la mesa la multitud de milagros que narran las historias, he de insistir en que tampoco pueden ser reales, ya que un milagro es una transgresión de alguna ley física, y las leyes de la naturaleza son inmutables. El milagro no puede ser algo real. ¡Cuántas veces he pensado que los trucos de un mago o ilusionista es un verdadero milagro!  Tampoco quiero afirmar que el milagro tenga detrás un truco o una impostura. Simplemente, si preguntamos a un mago sólo me dirá que lo que he visto o sentido es una ilusión. Por eso el mundo de la magia me ha cautivado siempre. Como el de tantos y tantos enigmas sin descifrar que me han hecho dudar de mi propia razón. ¡Cuánto ignoramos! Pero esto no es motivo para creer en la existencia de ningún Dios. Porque su existencia es IMPOSIBLE    .

 

Las doctrinas religiosas que tratan de convencer a los crédulos, ignorantes y pobres seres humanos nos intentan conquistar por sus bondades morales. Pero no. La moral tampoco es un buen argumento para creer en Dios. Se puede ser un buen creyente y un malvado criminal. O viceversa. Una cosa es el comportamiento y otra la fe religiosa. De hecho, ¡cuántos criminales abusos en los cristianos, incluso en la Silla de San Pedro, mediante una hipócrita vida religiosa! Si alguien abraza la religión de Cristo (mejor, las religiones derivadas de su doctrina, porque son cientos) ha de saber que lo que abraza no es una moral, sino una doctrina irracional, indigna de una mente razonable y razonante.

 

Voy a terminar, porque esta carta se alarga demasiado. Los científicos en el último siglo han descubierto tantas cosas ocultas, han desvelado tantos secretos, que, además de lo que ya sabemos,  los ojos futuros verán cosas deslumbrantes, que ni sospechamos. Por ejemplo, la teoría del “multiuniverso”, que parece alumbrar el estudio de las galaxias y los agujeros negros; la ecuación de la relatividad de Einstein, que anula nuestra idea del tiempo y del espacio; la afirmación de que sólo conocemos el 5% de la materia existente, ya que el resto es “materia oscura” aún por descubrir; la equiparación de la materia con la energía, de forma que en un mundo infinitesimal son la misma cosa; el comportamiento inesperado, impredecible y sorprendente de las partículas a escala sub-atómica, una vez desterrados los átomos del trono de lo “no-divisible”. Desde Darwin, con sus teorías sobre la evolución, tan contrastadas y admitidas por la Ciencia, las religiones no han hecho más que perder argumentos, ya que a las fantasías imposibles de comprobar se han opuesto los gigantescos avances de ciencias experimentales como la psicología, la biología, la física y todas las neurociencias. Quien no esté al tanto de estos avances quedará sumido en la oscuridad del fanatismo.

 

Querido Ignacio: Entrados ya en la década de los ochenta (yo te gano por unos meses) sólo podemos presumir de experiencias. Pero haríamos mal si estas experiencias no fueran acompañadas de unas reflexiones desapasionadas, dando paso a nuestra razón, que es lo mejor (y lo más frágil) que tenemos. Imposible no reconocer la importancia de las emociones y de las pasiones, pero dejémoslas a un  lado, o mejor, dejemos que acompañen a la razón, siempre en un lugar subordinado, para que no nos lleven, como en tantas ocasiones, por “mal camino”. Al fin y al cabo, ya nos queda poco para vernos convertidos en un puñado de cenizas. Nadie se acordará de nosotros dentro de cien años, pero la mayor felicidad que habremos conseguido en este mundo será en esos últimos momentos de la vida, cuando nuestro cerebro (lo último que muere) sonría pensando que ha hecho todo lo posible por perseguir y encontrar la VERDAD, el único amor que merece la pena.

 

(Las demás preguntas quedan contestadas con la Primera)

 

Tuyo siempre, paisano y religioso no-creyente, Francisco Aguilar Piñal.

 

 

 

 

 

 

 

 

MI RELEVO

 

 

Esto se acaba. Me van abandonando los dos pilares básicos de la estructura bioquímica de mi cerebro. Por un lado, van disminuyendo a gran velocidad las células nerviosas encargadas de producir la dopamina, ese neurotransmisor esencial para el control de los movimientos. Por otro, me está abandonando la testosterona, esa hormona androgénica de la que depende mi virilidad. En uno y otro caso, la decrepitud avanza a pasos agigantados, sin misericordia, indiferente cuando menos ante la humillación de la muerte, que se aproxima y me espera a la vuelta de la esquina.

La verdad es que soy un privilegiado. Muy pocos seres vivos tienen el privilegio de envejecer. Hoy más que ayer, ciertamente, pero si miro atrás lo comprendo, porque no conocí a mis abuelos, cuando el límite de la vida se acercaba a los sesenta años. Y entre mis parientes, amigos y conocidos, he visto morir a mi alrededor a los mejores, que me han arropado, ayudado y amado sin contrapartidas. Todo para que mis genes se multiplicaran sin obstáculos y pudieran contribuir a la continuación de la especie. Es la ley primordial de la vida. Pero he de admitir que estoy entre los que lo consiguen, sin merecerlo, por supuesto, porque “nadie sabe el día ni la hora”, y lo que tengo ha sido un regalo inmerecido.

Dicen los científicos que el proceso de envejecimiento humano comienza a los 30 años (¿tan pronto?) y yo he duplicado esa cifra hace tiempo. También aseguran que no existe ningún programa genético para controlar la vejez. Si llevo una vida sana y mi dieta calórica es equilibrada, quizás pueda retrasar el proceso, pero el final es inevitable. No me hago ilusiones de inmortalidad, aunque así lo parezca en mi vida cotidiana, cuando todos dejamos de pensar en la desaparición, que vemos tan lejos como el inalcanzable horizonte. Sin embargo...

Gracias a los sorprendentes avances de la investigación médica en estos últimos años, la vida podría prolongarse hasta los 130 años. Pero no creo que sea una meta deseable. Nadie llegará a esa edad sin una merma considerable en sus facultades, incluso sin unas dosis previsibles de enfermedad, dolor y ansiedad. No es el fin que deseo  Me parece dramático y cruel prolongar la vida con aumento del sacrificio, propio y ajeno. No me interesan demasiado las causas del envejecimiento, ni los caprichos del reloj biológico. (“Tenemos cuerpos diseñados para la Edad de Piedra, no para el siglo XXI”, dice el doctor Tom Kirkwood).Vivir ha sido un regalo. Pero si puedo vivir algo más en buenas condiciones, bienvenido sea ese suplemento vital, sobre todo si, como afirma el neurólogo español Francisco Mora, el cerebro humano adulto y envejecido es capaz de generar nuevas neuronas.

Pero ya es hora de dar paso a otras generaciones. Desde el punto de vista evolutivo, yo he cumplido dejando una sana descendencia. Mi memoria almacena multitud de emociones y recuerdos, unos agradables, otros desagradables, tristezas y alegrías, como todo el mundo. Pero en este momento de lucidez, quiero rememorar una de las emociones más sentidas y felices de mi ya larga vida: un poemilla que escribí hace años, en el nacimiento de mi  primer nieto, la generación que me sustituirá, con ventaja, sin duda, para lo nuevo: Ya está aquí mi relevo,

 

 

 

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ESPERANDO A GONZALO

 

Romancillo nocturno, escrito en la madrugada del 1 de octubre,

por un abuelo novato.

 

 

Al filo de la noche

la luz se va muriendo,

y con ella la espera

del acontecimiento.

 

Los sudores por fuera

y los nervios por dentro

me dicen que muy pronto

veré a mi primer nieto.

 

Y nació la esperanza

para este pobre viejo,

porque en pocos minutos

llegará mi relevo.

 

Con la varita mágica

que traiga de los cielos,

mi vida y mi reposo

cambiará en un momento.

 

Pasa un minuto, y otro,

y se remansa el tiempo...

De pronto, un sobresalto

me agita en el silencio.

 

Es la sangre que corre

y se agolpa en el pecho;

el corazón se para

y salta de contento.

 

Porque, en lo más profundo

de mi feliz ensueño,

oigo una voz de plata

que susurra muy quedo:

 

¡YA ESTOY AQUI, ABUELO!

 

Historia de un óvulo (3)

 

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 Hombre primitivo (Altamira)

 

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Todos mis antepasados más directos, desde aquel desconocido cromañón que dejó su simiente en la sierra de Atapuerca, forman una cadena genética cuyo ADN, muy modificado por el paso de los siglos, ha llegado hasta mí  por sucesivas cópulas, sin las cuales yo no existiría. En cierto modo, soy muy distinto de aquel homínido, pero también heredero de su ‘condición humana’, que me encierra en una cárcel psico-somática de la que no puedo salir. Vivo en una ‘jaula de oro’ que es mi propio cuerpo, es decir, yo y mi ‘jaula’ somos una misma cosa. Una comunidad de genes heredados que me condicionan. Por lo tanto, NO SOY LIBRE. ¿O sí lo soy?

 

Genes que viven en cada una de mis células vivas y que he transmitido ya a mis descendientes. Me dicen los genetistas que tengo unos treinta mil genes (¡los mismos que un ratón!) que se pueden modificar por manipulaciones científicas, pero más aún por los fallos que pueden existir en las vertiginosas reduplicaciones genéticas, lo que me asegura una identidad personal, amplificada por la contaminación social, de los que han sido definidos como genes. En resumen, puede haber una modificación de unos tres mil genes, entre el total de treinta mil,  un diez por ciento, suficiente para provocar la diversidad humana. Como ya sabía, soy diferente, distinto, único, a pesar de ese origen común.

 

Esos genes, que me dan la vida, me conducen también a la muerte. Porque, como dice el biólogo británico Richard Dawkins, son “genes egoístas”, que sólo piensan en sí mismos. Obedecen a una ley universal, que les obliga a reproducirse en las células cada individuo para que no perezca la especie. Una vez que ya he conseguido reproducir la vida en mis hijos, ya los genes se olvidan de mí. Como digo en La quimera de los dioses, “envejecemos cuando ya los genes no necesitan nuestro cuerpo, porque nos hemos reproducido, que es lo único que les interesa para su supervivencia. Quien resista, y llegue a la vejez lúcida se dará cuenta de que vivir es un lujo”.

 

Pero las funciones genéticas no se limitan a los aspectos fisiológicos, sino que intervienen también en las sensaciones, regulando los sentidos y las emociones y sobre todo los deseos, que son la “esencia del hombre”, según la sentencia del filósofo Spinoza. Hay una genética de la inteligencia y de los sentimientos, como dicen los científicos, que nos iguala desde el comienzo de la especie: “El genoma humano es genéticamente idéntico al de los homínidos de hace 150.000 años”, afirma el italiano E. Boncinelli. Pero, según el médico californiano D. Chopra “nuestro cerebro es único, como el de cada animal, porque presenta una combinación genética única”. Ambas afirmaciones se pueden admitir porque el punto de vista es distinto. Soy como mi antepasado homínido porque los mismos genes me han 'fabricado' y gobiernan mi vida, pero también es cierto que soy único, porque es única la ‘combinación’ de mis genes heredados  y de los memes que me han 'educado' en el ambiente social y familiar donde he crecido.

 

Mi brevísima estancia en este planeta se desarrolla en un tiempo y un espacio determinados, dentro del conjunto global de mi especie. A día de hoy la humanidad va camino de estar integrada por unos siete mil millones de personas, todas distintas, pero todas condicionadas por los límites de la especie. ¿Quién soy yo en esta ingente masa de individuos ‘pensantes’? Un diminuto componente de la masa, gigante si me miro por dentro, insignificante si me contemplan por fuera. La Naturaleza, indiferente ante todo, no se inmutará con mi muerte, una más entre los millones de humanos que desaparecen cada día. A fin de cuentas, no soy más que un óvulo, fecundado y maduro para la vida…y para la muerte.

 

Lo único ‘mío’ de verdad es mi cerebro, que se identifica conmigo. El resto de mi cuerpo sirve para sustentar, alimentar y proteger a mi cerebro. Es tan cierta esta afirmación que me pueden extirpar, trasplantar y fabricar artificialmente cualquiera de las partes que me componen, menos mi cerebro. Su fallo será la evidencia de mi muerte. ¡Pobre óvulo maduro! ¡Qué triste fin! ¡Tanto crecer para terminar en polvo!

 

Los homínidos de todas las épocas se han encontrado siempre con el mismo problema: qué hacer con los amados difuntos. Los primitivos los abandonaban para comida de las aves carroñeras. Después los enterraban en sepulturas naturales o fabricadas, bajo tierra, para servir de alimento a los insectos o los convertían en cenizas mediante el fuego, arrojándolas al agua, o a los estercoleros. Todo lo que fuera necesario para apartarlos de la convivencia, porque el hedor de la muerte es insoportable. Contra esta reacción tan justificada nada pueden ni leyes ni religiones. Lo que me atrae en vida, me repele sin remedio en cuanto aparece la muerte. ¿Hay mayor castigo para un ser que piensa y ama? No hay DIOS que pueda sobrevivir a tanta maldad, fabricando juguetes de carne para después condenarlos a la nada. Su existencia, como dice Hawkins, es una hipótesis innecesaria. Mejor, como dice otro ateo de nuestro tiempo,  Richard Dawkins, “es natural inventar dioses, pero no hacen falta”. Hemos de sustituir, para culminar nuestro proceso racional, la RELIGIÓN por la CIENCIA. Según como se mire, aquí termina o empieza la historia de este úvulo fecundado…y maduro, es decir, orgulloso de su RAZÓN, facultad que sirve para desmitificar todas las religiones, con sus mitos inverosímiles y sus imaginativas creencias .

Francisco Aguilar Piñal.

Historia de un óvulo (2)

 

 

 

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Acabo de visitar en Burgos (España) el Museo de la Evolución Humana, que ha de ser referencia mundial de la arqueología, y vuelvo intensamente emocionado. He recorrido con pausa sus salas de exposición de las excavaciones de Atapuerca, y de las tesis científicas sobre el origen de hombre, en paneles didácticos, sencillos de comprender pero que están sostenidos por múltiples trabajos de campo de pacientes  investigadores, con el torso inclinado hacia la tierra, donde se esconden todos los secretos humanos.

 

He comprendido que, además de ser un óvulo único, soy también COMÚN, igual que todos los que conviven conmigo, porque todos los seres humanos tenemos un denominador común, un óvulo ‘humano’ que nos unifica en una misma especie animal. La ciencia antropológica nos dice que somos mamíferos, organismos vivos, tetrápodos, que hace unos 200 millones de años se transformaron en terrestres, por evolución de otros seres marinos, que salieron de los mares una vez que la Tierra se hizo habitable. De estos mamíferos (que tenían mamas para alimentar a sus crías) proceden los primates, con un cerebro mayor, en proporción al resto del cuerpo, a cuya familia pertenecemos, aunque la evolución del género ‘homo’, diferenciado del tronco de los mamíferos,  no comenzó hasta hace unos seis millones de años. Pero las especies van desapareciendo al cabo del tiempo, y en la actualidad, solamente quedamos los Homo sapiens sapiens”, una vez que han ido despareciendo, por consunción, por destrucción o por evolución, las demás familias ‘humanas’ que han poblado la Tierra. (Pero ¿es que ha habido”otros” humanos? se preguntarán quienes desconocen la historia). Pues, sí.

 

Nuestros primeros abuelos (no digamos ‘padres’ como en la infantil leyenda de la Biblia) fueron africanos, y no una simple pareja sino un grupo que sufrió durante generaciones un cambio fisiológico en el cerebro y en las manos, cambio con el que daría comienzo la evolución que llegaría hasta mí. Los llaman homo habilis porque ya podían fabricar con sus manos rudimentarias herramientas, hace unos dos millones y medio de años, antes de abandonar el continente africano. No eran todavía plenamente humanos, pero se fueron diferenciando, gracias a la evolución durante miles de años, en nuevos grupos del mismo género (homo georgianus, homo ergaster, homo erectus, homo antecessor, homo heidlbergensis, homo neandertal, homo rhodiensis, homo floriensis…). Los restos encontrados los diferencian en sus caracteres secundarios, pero todos pertenecían al mismo género animal, los primates llamados homo, es decir, hombres. Soy, por tanto, un óvulo descendiente de otros óvulos africanos, que, por azar, de generación en generación, durante siglos, dieron vida genética a este óvulo único. Los biólogos señalan a las ‘mitocondrias’, unos hilillos invisibles dentro de cada célula, como el ‘engarce’ de un ser individual con la cadena ‘humana’, que sólo se transmiten a través de la madre. ¿Cómo serían esas madres carroñeras que portaban ya mis genes?

 

Después del homo habilis, hace unos 600.000 años salió del continente africano una segunda oleada de humanos, ya no carroñeros sino cazadores. Pero aún faltaba mucho para que saliera a escena ‘mi familia’: el homo sapiens, que emigró de África hace unos cien mil años, primero hacia Oriente Próximo,  expandiéndose después por Europa y Asia. Dicen los sabios arqueólogos del Museo que llegaron a España hace unos 40.000 años, y que aquí convivieron con los grupos neandertales durante más de diez mil años, hasta que estos se extinguieron, hace unos 25.000 años, en la cuevas de Gibraltar, “expulsados” (¿“eliminados”?) por los cromañones sapiens. Vuelvo a preguntarme: Todos estos individuos, tan diferenciados, pero pertenecientes al mismo género animal ¿tendrían alma, como dicen que tenemos los sapiens? ¿Por qué esta distinción?

 

Los homo sapiens que pisaron la península Ibérica no fueron los primeros en llegar. Así lo demuestran las excavaciones de Atapuerca, donde se han encontrado restos de homo antecessor, con una antigüedad de más de un millón de años, siendo los fósiles humanos más antiguos encontrados en Europa. Decimos miles de años con una naturalidad que me pasma. ¿Qué son unos miles de años en el conjunto de la historia? ¿Pero qué significan para el humano, condenado a una muy breve existencia? Si nos ponemos a pensar, cada mil años viven unas 25 generaciones, en las cuales la especie va mutando continuamente, y los cambios sociales van modificando, imperceptiblemente, las sociedades humanas. Si sólo han pasado tres mil años desde el comienzo de la filosofía, y nos parece que son lejísimos antepasados esos griegos de mente brillante ¿qué decir de los ‘hombres cromañones’ que se instalaron hace cuarenta mil en nuestras tierras y dieron origen a mi “familia española”? Desde su llegada han vivido aquí unas mil generaciones, de evolución lenta pero imparable. ¿En qué me parezco a ellos? ¿Tenemos algo en común?

 

La respuesta tiene que ser afirmativa, ya que los miembros de este árbol humano se han repetido, siguiendo las instrucciones de los genes del homo sapiens, en cualquier rincón del planeta. Las migraciones han mezclado genes muy distintos, pero comparto con mis antepasados algo fundamental, el instinto de supervivencia, así como las emociones que lo acompañan: el miedo a la muerte, la aspiración a la felicidad, la alegría de vivir (aun en medio de las mayores calamidades), la apetencia por la comida y bebida para mantener la vida, la absoluta necesidad de evacuar los excrementos, la atracción sexual propia de la especie para renovar la vida, la admiración por lo bello, sobre todo si está rodeado de misterio, la curiosidad, la razón…Son los imperativos genéticos.

 

Pero aquí acaban las similitudes de nuestra común condición. No sólo las mutaciones cromosómicas y sociales nos van diferenciando, en el transcurso de los miles de generaciones primero en familias, después en tribus o clanes, después en sociedades más o menos civilizadas. Esa es la historia del hombre: ¿es que acaso los hititas y los amorreos, los egipcios y los nabateos, los sumerios y los acadios, los hunos, los eslavos, los celtas, los iberos, los caucásicos, los helenos, los incas y todos los miles de grupos humanos de que nos hablan las historias, salieron de la nada? No. Se fueron sucediendo durante cientos de años los hombres primitivos (primates carroñeros) que vivían en familias de no más de veinte individuos,  en cuevas o abrigos naturales, nómadas en busca de alimento y cobijo. Después se fueron agrupando hasta formar tribus de varias familias, unidas por la necesidad de ayuda mutua, hasta que el hallazgo de la agricultura (hace unos 10.000 años) los hizo sedentarios, y varias tribus que se constituyeron en castros o ciudadelas amuralladas necesitaron un jefe para mantener el orden. Así, cada pueblo fue tomando el nombre que lo identificaba, sobre todo en la guerra contra los vecinos. Pasados los años, formaron hordas tribales que, al  multiplicarse, buscaron la expansión del territorio, algo que era imposible sin derramamiento de sangre. Esta es la historia de este animal llamado HOMBRE. El triste comienzo de la Humanidad, ‘mi’ humanidad, de la que formo parte, sin posibilidad de encontrar el calor de otra cuna más acogedora.





Historia de un óvulo (1)

 

 

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Desde hace poco soy octogenario. Me parece un buen momento para ordenar mis ideas y mis sentimientos sobre la vida que he vivido. Saber quién soy, qué hago aquí, por qué he venido, qué me espera. Al abrir los ojos a la realidad del mundo que me rodea y a la de mi ‘intimidad’, no tengo más remedio que asentir a lo dicho por Sófocles, el filósofo y poeta griego, que volcó sus pensamientos en tragedias teatrales: “muchas cosas hay misteriosas, pero ninguna tan misteriosa como el hombre”.

 

No puedo decir que nací de la nada, porque procedo de unos ‘materiales’ anteriores a mí, pero “yo” no existía antes de mi concepción. Lo que me dice la biología es que no soy más que “un óvulo fecundado y maduro”. Un óvulo de mi madre, fecundado por un espermatozoide de mi padre. Pero este “yo” que me parece tan importante, nació por pura casualidad. Un óvulo de los quinientos que tenía mi madre en la matriz se destruía cada mes en la menstruación, sin consecuencias, pero un día (¿un feliz día?) un espermatozoide de mi padre se cruzó con un óvulo que le permitió la entrada y comenzó a crecer un conglomerado de células nuevas cuyo resultado sería “yo”. Lo realmente sorprendente es que, como he dejado escrito en otro lugar, el espermatozoide es  “un esforzado viajero, un luchador implacable, un héroe de su especie, que ha tenido que vencer en durísima batalla a los otros millones de espermatozoides depositados en la vagina en cada eyaculación”. Una sola célula del esperma, entre millones de adversarios, ‘conquistó’ al exigente óvulo, mientras los demás contendientes quedaban condenados a la muerte (y así en cada eyaculación voluntaria o fortuita) ¡Qué desperdicio de vida, tan abundante y tan poco aprovechado como el polen de las flores!

 

No comprenderé el misterio de mi vida, pero sí mi realidad: SOY UN ÓVULO ÚNICO. Aunque resulte difícil de admitir, para quienes creen en un “diseño inteligente”, nací por azar, entre miríadas de posibilidades. ¿Y si hubieran sido otros mis padres? Imposible. Yo comencé a vivir en ese preciso instante y con esas precisas personas, no con otras. Y lo fui, según dice la modernísima biología, porque el óvulo materno ‘seleccionó’ el espermatozoide del que se había ‘enamorado’, “al que facilita la entrada en su núcleo, por misteriosa comunicación…En realidad, como ha demostrado la ciencia, los espermatozoides en este agotador viaje encuentran señales que le indican el camino: son atraídos por una sustancia que envuelve al óvulo y el moco cervical, una sustancia segregada por el cuello de la matriz, que forma una especie de carriles-guía. Además, al llegar a los trompas de Falopio son empujados por leves contracciones musculares del órgano femenino. Una vez que el óvulo se halla frente al espermatozoide elegido, éste comienza a generar enzimas que disuelven la membrana del óvulo, la cual, a su vez, se endurece en el resto de la superficie para no dejar pasar ningún otro espermatozoide. Química, física y más química. Pero misteriosamente intencionada”. (Párrafo copiado de mi libro La quimera de los dioses, publicado por Visión Libros en 2010). Está, pues, confirmado, que es la ‘parte femenina’ la que manda y escoge a su pareja masculina. Ya desde la misma concepción. ¿Alguien lo duda?

 

Desde muy temprano me di cuenta de que era distinto de mis padres y de mis hermanos, de mis parientes y amigos. Pero hasta mucho más tarde no comprendí que era cuestión de ‘genes’, esos minúsculos componentes de mis células que aportan la información biológica necesaria para formar mi cuerpo. Información que procede de mis dos progenitores, haciendo de mí un ser ‘único’, distinto a todos los demás humanos, por una ‘mezcla’ genética única. ¡Qué insoportable sería que todos fuésemos ‘iguales’! De hecho, la historia de la evolución humana confirma que han existido varias especies del género Homo, con caracteres muy distintos, que han ido cambiando desde un primitivismo original hasta el hombre actual, preludio de otra evolución que nadie sabe cómo terminará.

 

Como resultado del ‘azar’, soy ÚNICO, IRREPETIBLE y DISTINTO de cuantos seres vivos me rodean. Como las huellas de mis dedos, el iris de mis ojos o el timbre de mi voz. Si no hubiera llegado a existir, nadie hubiera podido vivir  mi vida, y la humanidad no hubiera conocido mi personalidad, ni se hubiera alegrado con mi sonrisa, ni enriquecido con mi palabra o mis escritos. Sería distinta sin mí. Como lo sería si le faltara cualquiera de los seres humanos que han pisado el suelo de la Tierra, sin distinción de pobres o ricos, de diversos tonos de piel o nacidos en opuestos territorios del planeta. La vida es la misma para todos, aunque cada uno la viva como única.

 

La Humanidad es el conjunto de seres únicos, que no sería nada sin ellos, que desaparecerá cuando desaparezca la especie, que ha tenido un principio y tendrá un fin, como lo han tenido los millones de especies que algún día habitaron la Tierra. Un breve instante, un fugaz relámpago en los miles de millones de años desde la formación del planeta. Todo se reduce a vivir y a morir. ¿Con qué finalidad? ¿Qué sentido tuvo la vida de nuestros próximos antecesores, los neandertales, que desaparecieron hace unos 25.000 años? ¿También a ellos alguien les predicó que su vida sería eterna?

 

Salvo unos pocos privilegiados, que han sabido hacer uso de su razón, la inmensa mayoría de esta especie sapiens lo ignora casi todo, hace de la credulidad su más íntima religión y olvidan el gran regalo de la razón, que los dignifica por encima de los demás animales. Mis pensamientos, mis sentimientos, mi dignidad son míos exclusivamente, únicos en este superpoblado planeta que corre por el espacio a velocidad de vértigo (¿a 250.000 km/h?) sin yo darme cuenta.

 

Soy un óvulo a punto de desaparecer del planeta, pero un animal consciente, que me doy cuenta de mi existencia, que me pregunto por mi condición humana, que no admito la creencia vulgar de haber nacido por una orden ‘sobrenatural’, que soy ÚNICO, pero que creo que he de volver a la nada de la que nací. Mientras tanto, he de hacer valer mi tiempo para enriquecer en cuanto pueda a esta humanidad a la que pertenezco. Con mi razón, mis pensamientos, mis creaciones, mis trabajos, pero sobre todo, con la prolongación de la especie. Mis hijos y mi descendencia serán mi mejor contribución a la historia de la humanidad. 

 

Pero no sólo. También mis ideas pueden germinar en alguna conciencia, por lejana que esté en el espacio, como en la mía dieron fruto las de mis antepasados ‘pensantes’ que supieron desmitificar las ingenuas invenciones religiosas. Quienes fraguaron los mitos religiosos atraparon, como insectos en la tela de araña, a la mayoría de los humanos, incapaces de comprender el misterio científico de la vida.

 

 

 

 

 

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Reflexiones científicas y religiosas.

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