Historia de un óvulo (3)

 

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 Hombre primitivo (Altamira)

 

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Todos mis antepasados más directos, desde aquel desconocido cromañón que dejó su simiente en la sierra de Atapuerca, forman una cadena genética cuyo ADN, muy modificado por el paso de los siglos, ha llegado hasta mí  por sucesivas cópulas, sin las cuales yo no existiría. En cierto modo, soy muy distinto de aquel homínido, pero también heredero de su ‘condición humana’, que me encierra en una cárcel psico-somática de la que no puedo salir. Vivo en una ‘jaula de oro’ que es mi propio cuerpo, es decir, yo y mi ‘jaula’ somos una misma cosa. Una comunidad de genes heredados que me condicionan. Por lo tanto, NO SOY LIBRE. ¿O sí lo soy?

 

Genes que viven en cada una de mis células vivas y que he transmitido ya a mis descendientes. Me dicen los genetistas que tengo unos treinta mil genes (¡los mismos que un ratón!) que se pueden modificar por manipulaciones científicas, pero más aún por los fallos que pueden existir en las vertiginosas reduplicaciones genéticas, lo que me asegura una identidad personal, amplificada por la contaminación social, de los que han sido definidos como genes. En resumen, puede haber una modificación de unos tres mil genes, entre el total de treinta mil,  un diez por ciento, suficiente para provocar la diversidad humana. Como ya sabía, soy diferente, distinto, único, a pesar de ese origen común.

 

Esos genes, que me dan la vida, me conducen también a la muerte. Porque, como dice el biólogo británico Richard Dawkins, son “genes egoístas”, que sólo piensan en sí mismos. Obedecen a una ley universal, que les obliga a reproducirse en las células cada individuo para que no perezca la especie. Una vez que ya he conseguido reproducir la vida en mis hijos, ya los genes se olvidan de mí. Como digo en La quimera de los dioses, “envejecemos cuando ya los genes no necesitan nuestro cuerpo, porque nos hemos reproducido, que es lo único que les interesa para su supervivencia. Quien resista, y llegue a la vejez lúcida se dará cuenta de que vivir es un lujo”.

 

Pero las funciones genéticas no se limitan a los aspectos fisiológicos, sino que intervienen también en las sensaciones, regulando los sentidos y las emociones y sobre todo los deseos, que son la “esencia del hombre”, según la sentencia del filósofo Spinoza. Hay una genética de la inteligencia y de los sentimientos, como dicen los científicos, que nos iguala desde el comienzo de la especie: “El genoma humano es genéticamente idéntico al de los homínidos de hace 150.000 años”, afirma el italiano E. Boncinelli. Pero, según el médico californiano D. Chopra “nuestro cerebro es único, como el de cada animal, porque presenta una combinación genética única”. Ambas afirmaciones se pueden admitir porque el punto de vista es distinto. Soy como mi antepasado homínido porque los mismos genes me han 'fabricado' y gobiernan mi vida, pero también es cierto que soy único, porque es única la ‘combinación’ de mis genes heredados  y de los memes que me han 'educado' en el ambiente social y familiar donde he crecido.

 

Mi brevísima estancia en este planeta se desarrolla en un tiempo y un espacio determinados, dentro del conjunto global de mi especie. A día de hoy la humanidad va camino de estar integrada por unos siete mil millones de personas, todas distintas, pero todas condicionadas por los límites de la especie. ¿Quién soy yo en esta ingente masa de individuos ‘pensantes’? Un diminuto componente de la masa, gigante si me miro por dentro, insignificante si me contemplan por fuera. La Naturaleza, indiferente ante todo, no se inmutará con mi muerte, una más entre los millones de humanos que desaparecen cada día. A fin de cuentas, no soy más que un óvulo, fecundado y maduro para la vida…y para la muerte.

 

Lo único ‘mío’ de verdad es mi cerebro, que se identifica conmigo. El resto de mi cuerpo sirve para sustentar, alimentar y proteger a mi cerebro. Es tan cierta esta afirmación que me pueden extirpar, trasplantar y fabricar artificialmente cualquiera de las partes que me componen, menos mi cerebro. Su fallo será la evidencia de mi muerte. ¡Pobre óvulo maduro! ¡Qué triste fin! ¡Tanto crecer para terminar en polvo!

 

Los homínidos de todas las épocas se han encontrado siempre con el mismo problema: qué hacer con los amados difuntos. Los primitivos los abandonaban para comida de las aves carroñeras. Después los enterraban en sepulturas naturales o fabricadas, bajo tierra, para servir de alimento a los insectos o los convertían en cenizas mediante el fuego, arrojándolas al agua, o a los estercoleros. Todo lo que fuera necesario para apartarlos de la convivencia, porque el hedor de la muerte es insoportable. Contra esta reacción tan justificada nada pueden ni leyes ni religiones. Lo que me atrae en vida, me repele sin remedio en cuanto aparece la muerte. ¿Hay mayor castigo para un ser que piensa y ama? No hay DIOS que pueda sobrevivir a tanta maldad, fabricando juguetes de carne para después condenarlos a la nada. Su existencia, como dice Hawkins, es una hipótesis innecesaria. Mejor, como dice otro ateo de nuestro tiempo,  Richard Dawkins, “es natural inventar dioses, pero no hacen falta”. Hemos de sustituir, para culminar nuestro proceso racional, la RELIGIÓN por la CIENCIA. Según como se mire, aquí termina o empieza la historia de este úvulo fecundado…y maduro, es decir, orgulloso de su RAZÓN, facultad que sirve para desmitificar todas las religiones, con sus mitos inverosímiles y sus imaginativas creencias .

Francisco Aguilar Piñal.

Comentarios

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¿Me puedes aclarar esa extraña frase "spanglish"?
Gracias.


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Reflexiones científicas y religiosas.

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